para Agustina Malter Terrada
Tirar miles de Agustinas a la ciudad.
Un ejército de Agustinas desfachatadas y burlonas que pusieran en jaque la costumbre, la absurda moral, la pacata decencia de las damas de salón. Todo aquello que convierte a los hombres en animales rígidos, en una especie disecada, vueltos a la vida por las Agustinas caídas del cielo, como una lluvia de verano que rejuvenece la piel.
Algo nuevo. Algo distinto.
Como Agustina bailando sobre los techos del mundo, cantando desnuda sobre el agua del mar, mojada, hermoso su vientre al sol, sus piernas entre peces dorados, sus brazos como alas de sal, haciendo astillas la realidad, volando por los aires lo cotidiano con sus acuarelas burbujeantes.
Cientos de Agustinas golpeando las puertas de los hogares que duermen, invadiendo las calles por la madrugada, invitando a salir al afuera, a dar saltos por la vereda, a treparse a los almendros de la esquina para saludar al vecino, al otro, al distinto.
Si.
Una jauría fabulosa de Agustinas olfateando el alba para descubrir lo falso, lo fingido, lo tibio, mordiendo al amor impostor, a esas trampas de las caricias ficticias del amanecer.
Una bandada migratoria de Agustinas que tomaran la libertad y la llevaran a una tierra de árboles altos que crecen al revés con las raíces hacia la luna, donde amar sea posible sin rosas, donde las lágrimas prodiguen los cultivos de frutillas, gigantes, bellísimas, donde Agustina sea el pan, el vino, la paz de cada día.
Agustina multiplicada. Para que nada siga como está, para que valga la pena, para que el despertar tenga aroma a vida, a cosa alegre, a barro en las manos, a miel en el alma.
Nel, Chaco, febrero del 2010